Los cuatro sabores básicos son dulce, salado, agrio y amargo. A éstos se les ha añadido ahora un quinto, el unami (sabroso). Fue descubierto a comienzos del siglo XX por el investigador japonés Kikunae Ikeda, que aisló las sustancias responsables del sabor de la ensalada de algas que se había comido.
Lo encontramos en la comida asiática con salsa de soja y también en los espárragos, los tomates, la carne o los quesos.
Las grasas son sinónimo de obesidad, colesterol, cáncer, etc. Sin embargo, algunas son necesarias. Nos referiremos a las que consumen las personas ovo-lacto-vegetarianas, lacto-vegetarianas.
Las grasas saturadas son las de origen animal, como la manteca, la que contiene el queso, la crema y la leche. Algunos vegetales también producen grasas saturadas, especialmente el coco. El cuerpo puede fabricar estas grasas, por lo que podemos evitar su consumo.

Las papilas gustativas
Cada una de las cinco categorías básicas de sabores está relacionada con un determinado tipo de sustancia química. En combinación con los mensajes de los receptores olfativos, las señales gustativas forman la sinfonía de sabores que los humanos podemos percibir.

Frutas y vegetales
Las frutas y verduras de color naranja y verde oscuro son ricas en antioxidantes, como las vitaminas A, C y E. Los antioxidantes son sustancias que frenan los efectos perjudiciales de la oxidacion, una reaccion química cotidiana que provoca que el hierro se oxide y la madera se queme, y en el cuerpo produce unas moléculas denomianas radicales libres.
El páncreas desempeña una doble función: por un lado la producción de diversos enzimas necesarios para la digestión, y por otro, contiene grupos de células productoras de insulina y glucagón, dos hormonas con una influencia fundamental en la gestión del azúcar que se ingiere con los alimentos.
La interacción entre la insulina y el glucagón regula la cantidad de azúcar, o glucosa, que hay en la sangre en cada momento, independientemente de cuánto y con qué regularidad se ingiera el azúcar. La supervivencia de los seres humanos depende de este ajuste, puesto que la glucosa es la única sustancia que el cerebro puede usar como combustible.
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